HUAROQUÍN!!!
Cada vez que le hablo a alguien de Huaroquín, me dicen, ¿qué es eso?, y siempre mi respuesta es: Es un pueblito antiguo a 5 horas de Huaral hacia el noreste, y me responden: Nunca lo había oído.
Pero no es simplemente un pueblo, es uno de los refugios de nuestros antepasados incas al huir de la conquista de los españoles, se encuentra a 3800 m.s.n.m., y hace pocos meses ha llegado ahí, el internet.
Cada vez que pienso en Huaroquín, se me viene a la mente un ser tan gentil y solitario, que aveces se me llenan los ojos de lagrimas, al pensar como sería mi vida si yo viviera así. Una mujer de avanzada edad, viuda desde hace ya décadas, que vive sólo para su ganado.
La tía Kicha es una de los 22 habitantes totales del pueblo, nació y creció allí, y a pesar de que nadie sepa su edad ni su cumpleaños, parece que también morirá ahí, pues sus arrugas delatan ya casi los 100 años o quizá más, y a pesar de eso, cada vez que llegamos, nos atiende de una manera tan amable, tanto que cualquiera diría que se está despidiendo de nosotros.
Lleva en uno de sus parpados un pedacito de cinta de embalaje, que evita que el peso del parpado inferior cierre su ojo derecho, pues sus arrugas y la piel que le cuelga son tan notables, que si no lo llevara puesto, no vería nada. Tiene unas trenzas blancas y largas enrolladas en el cuello, y creo que si las soltara, las arrastraría al caminar.
Todos los años a fines de junio que viajamos para las fiestas del pueblo, es la misma historia: llegamos, la tía Kicha nos recibe con lágrimas, nos da una de sus rechinantes habitaciones, nos atiende amablemente, mata una de sus ovejas, y comemos queso.
Luego de una semana de estadía en tan acogedor pueblo, nos despedimos de nuestra tía, que por cierto me olvidaba, es la tía de mi abuelo materno. Ella nuevamente se llena de lágrimas y despide a cada uno tiernamente. La primera vez que la abracé, traté de no lastimarla, pues pensé que por su edad sería algo frágil, pero su abrazo fué mas fuerte que el de cualquiera de mis amigos.
Cada año en la despedida nos dice: "Derrepente el otro año ya no me encuentran", y siempre nosotros le decimos: "Pero vámonos con usted a Lima", pero no puede dejar sus vacas, toros y ovejas.
Nos subimos al camión para emprender la partida, y mientras avanzamos, vemos como la tía Kicha con una sonrisa de melancolía, a lo lejos no deja de agitar su arrugada mano, hasta desaparecer por completo de nuestra vista, pensando realmente si el otro año la volveremos a ver.
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